New York on my mind

No sé ni cuándo ni cómo empecé a fantasear con la idea de algún día visitar Nueva York. Recuerdo eso sí que en mi 22 cumpleaños recibí una guía (que “devoré”) de esta ciudad con la que ya soñaba. Y recuerdo también las Torres Gemelas que perfilaban el mítico skyline neoyorkino que algún día esperaba admirar en persona. Mi fascinación creció día a día alimentada por escenas y fotogramas de tantas películas (bastaría con nombrar a Woody Allen) y series como Friends y Sex and the City, de las que me confieso devota.
Acompañada de tal bagaje, llegó el día (4 de julio, para más inri) en el que cumplí mi sueño y descubrí la Nueva York de verdad. Como en una larga relación de viejos compañeros, no hubo sorpresas, tampoco decepciones. Reafirmé en mi memoria el caos de luz y sonido en Times Square, el color de Chinatown y Little Italy, el espectáculo de Broadway, la tranquilidad del East y Greenwich Village, la decadencia del subway, el carácter de Harlem, el oasis de Central Park, el amarillo frenético de los taxis y la belleza espléndida y sobrecogedora de Manhattan desde lo alto del Top of the Rock o desde la orilla de Brooklyn.


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